EN PRIVADO
¿A reír
un poco?
Ibéyise Pacheco
El Nacional
Julio 28 2006
Imposible evadir el tema de la candidatura del Conde del Guácharo. Se trata de un personaje muy querido, un amigo, emprendedor, exitoso, tenaz y generoso. El Conde es la versión masculina de la Cenicienta en Venezuela. En lugar de zapatillas de cristal, calza alpargatas. Su popularidad se la ha ganado a fuerza de pulso y trabajo. Ha demostrado ser un buen gerente. Y además, los pobres lo adoran (lo que no ha podido lograr ningún líder opositor). Les llega directo, con humor. Para más señas, tiene el fenotipo de Chávez. Es decir, sin que los venezolanos aún tengan claro si el lanzamiento de Benjamín Rausseo, con su partido Piedra, va en serio o en broma, su candidatura es comentario obligado en cualquier lugar, y cosa interesante, entre chavistas y antichavistas, entre abstencionistas y participacionistas. Hacía mucho tiempo que no se sentía entusiasmo electoral en nuestro país. Eso hay que agradecérselo.
Se hace entonces obligatorio, precisar algunos aspectos en relación con
el suceso político del momento. La candidatura del Conde del Guácharo
fue considerada más que una posibilidad hace varios meses. De hecho,
parte de la encuesta de Hinterlaces que arrojó persuasivos resultados
respecto al espacio para el outsider, fue financiada por el equipo del ahora
candidato. La pregunta de rigor es: ¿a quién favorece y a quién
perjudica esta nueva candidatura? Hasta el momento, he observado un particular
interés en el asunto por parte del Gobierno. Fuentes cercanas al oficialismo
especulan al respecto, asegurando que es éste, el verdadero "plan
B" del chavismo.
¿Será posible
que detrás de este gesto de buena fe de Benjamín Rausseo operen
tan macabras intenciones por parte de su adversario político? Lo cierto
es que entre las consideraciones del laboratorio de guerra sucia del Gobierno
está, con la candidatura del Conde, intentar desacreditar al espectro
opositor; y más allá, intentar desacreditar el ejercicio de la
política, con lo que se activaría la perversa destrucción
de los otros posibles candidatos, quienes entre dificultades, egoísmos
y torpezas, procuran llegar a la contienda presidencial. Hay que decir procuran,
porque tal como van las cosas, la lista de triturados aumentará después
de las elecciones primarias...si es que hay primarias, porque a poco más
de dos semanas, el panorama del evento es más que preocupante (así
digan lo contrario). En privado, ninguno de los involucrados, quiere llegar
a esa contienda. La consideran un desastre anunciado, no sólo por el
problema, ya bastante pesado, de la escasa participación (por indiferencia
o por miedo), sino por la imposibilidad de alcanzar la cobertura necesaria para
convertir las primarias en un acto de fuerza. De hecho, casi todos los candidatos
han manifestado su descontento, por la ausencia de infraestructura técnica
para instalar los centros de votación. Todo este escenario tiene un agregado
preocupante: no se le está diciendo la verdad al país.
Más desaciertos
Con motivo del lanzamiento
del Conde del Guácharo, le escuché decir complacido a un conocido
empresario: "Bien buena esa candidatura, me gusta porque el Conde es negrito
y fue pobre, y así probamos". El personaje autor de tan perspicaz
afirmación estuvo hasta el viernes pasado defendiendo las primarias a
capa y espada, en la mejor muestra del estilacho con el que se sigue manejando
la política en nuestro país, para complacencia de Chávez.
Lanzado el Conde, se apropian del Conde. Así de elemental. Si bien con
la candidatura del Conde del Guácharo se estimula la fiesta electoral
(y se matiza el abstencionismo), también de alguna manera se reduce la
hostilidad hacia Chávez por una sencilla razón: esa especie de
alter ego del Presidente es una versión mejorada por divertida. El Conde
coloca el país en otro tema, acompañado de una sonrisa. También
vale la pena considerar que a chavistas decepcionados les pueda ser cómodo
votar por él.
Al Conde, además,
todo se le perdona. A él nadie le recrimina no acudir a las primarias
(al contrario, le celebran que Benjamín Rausseo se mida con el Conde
del Guácharo y con el Príncipe Policarpio I en el reino de Musipán);
tampoco lo increpan por no exigir mejores condiciones ante el Consejo Nacional
Electoral, y mucho menos lo llaman colaboracionista por su legítima aspiración
de ser presidente de la República.
Pero además hay otro
elemento a favor del Conde: él no es un invento mediático. Él
es real. Su éxito es concreto. No necesita llamar a ninguna marcha para
demostrarlo.
Distinto es el aprovechamiento que algunos sectores, entre ellos el Gobierno,
puedan intentar con su candidatura, que no es más que instaurar la antipolítica.
A Chávez le interesa que haya campaña, en eso estamos claros.
Eso sí, Chávez no quiere una molestosa campaña electoral
ni un agresivo contendor. Uno de esos que ventile la corrupción, el dispendio,
el fracaso de gestión, el autoritarismo. Chávez quiere un espectáculo,
y en ese sentido, el Conde del Guácharo le viene como anillo al dedo.
De paso, lo piensa utilizar para burlarse del ya menguado sector opositor. Y
aspira a que la burla traspase nuestras fronteras. Chávez quiere un show
internacional.
Es por eso que más allá del respeto y afecto que siento por el Conde, debo decir que estoy persuadida de que toda esta puesta en escena nos debilita aún más y socava la fuerza que a duras penas se intenta reconstruir para enfrentar a Chávez. En ese sentido, también es responsabilidad de los actuales candidatos llegar ya a un acuerdo que convoque la unidad nacional, a un voluntariado que restituya el valor del ejercicio de la política en nuestro país, con la participación de todos los sectores democráticos. Es la mejor manera de enfrentar la amenaza totalitaria. Y de evitar un triste espectáculo.