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La historia no los absolverá
Trino Márquez
Jueves, 27 de julio de 2006
Extraña debilidad
la que sienten políticos e intelectuales que se consideran a sí
mismos demócratas, por tiranos como Fidel Castro, o por aprendices como
Hugo Chávez. El fenómeno ha sido ampliamente estudiado. En la
literatura se encuentran joyas que radiografían el síndrome con
la precisión de un microscopio electrónico. Allí están
el Recurso del Método, de Alejo Carpentier (muy dado al halago con Castro),
El otoño del Patriarca, de García Márquez (también
proclive a doblarle la cerviz al déspota insular) y Yo, el Supremo, de
Augusto Roa Bastos. En el ensayo filosófico y político encontramos
el penetrante trabajo de Isaiah Berlin, La traición de la libertad, y
el de Mark Lilla, Pensadores temerarios. Aquí en Venezuela, Luis José
Uzcátegui acaba de publicar un interesante trabajo titulado Los hombres
que erotizó Fidel, en que se pasea por la amplia variedad de personajes
que quedaron magnetizados por el dictador cubano. No deja de sorprender que
dirigentes políticos que sufrieron en carne propia los estragos de la
cárcel y el destierro, o que tuvieron que vivir como las ratas, sumergidos
en la clandestinidad a las que los obligó una tiranía, se rindan
frente al decano de los dictadores del planeta. El hombre que ha sometido a
todo un pueblo al oprobio, y que edificó en Cuba un enorme presidio que
flota en el Caribe.
La última reunión
de MERCOSUR en Córdova, Argentina, fue un ejemplo de la claudicación
de la dirigencia democrática latinoamericana. La misma sumisión
a la que se refiere algunos de los textos que he mencionado. El doctor Castro
Ruz y su socio y mecenas venezolano, se convirtieron en las vedettes del encuentro,
sin que ninguno de los otros mandatarios de la región moviese un dedo
para impedir que ese par de criaturas, encarnación de los peores vicios
de la América Latina caudillesca, captaran de forma casi exclusiva la
atención de los medios de comunicación y, por esa vía,
se proyectaran como símbolos del ideario de la región.
Castro y Chávez personifican
un ejemplo de lo que toda sociedad plural debe evitar. La vocación de
ambos los lleva a controlar de forma absoluta el poder. En el horizonte de cada
uno de ellos no aparece ni por asomo la posibilidad de la alternancia en los
puestos de mando. Castro, a lo largo de sus cincuenta años como gobernante
plenipotenciario de la isla, acabó con la esperanza de varias generaciones
de hombres y mujeres que nunca tuvieron la posibilidad de gobernar ese territorio
de acuerdo con una doctrina y un proyecto distinto al comunista. Castro eliminó
constitucionalmente la disidencia. Impuso el pensamiento único. Acabó
con la rica variedad de partidos y movimientos que existía en Cuba antes
de que bajaran los guerrilleros de Sierra Maestra. Convirtió al Partido
Comunista de Cuba en el único instrumento válido de participación
ciudadana en política.
Esa es la misma ruta que
quiere seguir Hugo Chávez. A pesar de las claras señales autoritarias
que emite, los gobernantes de los países vecinos de Venezuela se hacen
los desentendidos. No importa que la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP)
elabore un informe en el que advierte que la libertad de prensa se encuentra
seriamente amenazada; y que los reportes sobre las condiciones electorales revelen
que el ventajismo oficial es obsceno en todos los escenarios donde se desarrolla
la contienda electoral; y que Amnistía Internacional muestre que el crimen
y la impunidad avanzan de la mano, sin que el gobierno haga nada por impedir
la sangría; y que la militarización de toda la nación y
la carrera armamentista ponen en riesgo la paz del continente. Ninguna de estas
señales inequívocas del autócrata son captadas por los
gobiernos que se suponen partidarios de la democracia. La chequera petrolera
ha servido para reblandecer la conciencia de esos mandatarios, mientras los
viejos prejuicios anti norteamericanos, de los cuales Fidel Castro ha vivido
durante decenios, han convertido a Hugo Chávez en el nuevo héroe
del continente.
Son tantas las simpatías
que el hombre de Sabaneta despierta en algunos círculos de poder latinoamericano,
que ni siquiera le cuestionan su acercamiento a ese ayatola vestido de paisano
que es Mahmud Ahmadineyad, el presidente iraní que apoya la guerrilla
integrista de Hezbolá y quiere mandar a dormir el sueño eterno
a todo el pueblo israelí. Tampoco les inquieta el apoyo que recibió
del gobierno venezolano las pruebas misilísticas ejecutadas por Kim Jong
II, el déspota norcoreano que mata de hambre a su pueblo, mientras él
se divierte con juguetes atómicos que cuestan una fortuna que bien podría
utilizarse en fines más nobles. No les preocupa que Chávez saque
del aislamiento internacional a Alexander Lukashenko, el fraudulento presidente
de Bielorrusia, considerado por la débil Unión Europea como el
único dictador del viejo continente, y quien tiene prohibido visitar
cualquier nación de esa parte del planeta.
Chávez se considera
el sucesor legítimo de Castro y actúa en consecuencia. En el plano
internacional asume las banderas del anti imperialismo, el anti capitalismo,
la anti globalización, tres consignas que le dan rédito entre
los izquierdistas nostálgicos y los gobernantes que prefieren valerse
del caudillo vernáculo para acusar a los Estados Unidos, reduciendo de
este modo los enormes costos que significa un enfrentamiento directo con Norteamérica.
En el frente interno, Chávez es un fiel monaguillo del dictador isleño:
acosa hasta la asfixia a la oposición, cerca a los medios de comunicación,
somete a todos los poderes del Estado, convierte el organismo electoral en una
dependencia que le garantiza el triunfo de antemano, preservando el voto como
fachada democrática, estatiza progresivamente la economía, cerca
a las organizaciones civiles y se va apoderando de la educación en todos
los niveles.
Frente a esos personajes
la reunión de presidentes de MERCOSUR sucumbió. Ninguno tuvo el
coraje de aparecer como alternativa democrática y modernizante ante las
naciones del continente. Por sus incontables crímenes, la historia no
absolverá a Castro una vez que pase a mejor vida. El mismo trato recibirá
a Chávez, su dilecto alumno. Pero, tampoco será benigna con quienes
teniendo la obligación de defender la democracia en todos los terrenos,
por comodidad o cobardía, se inhibieron.
tmarquez@cantv.net