EL ORGULLO DE SER

CUBANO-VENEZOLANO

Robert Alonso autoriza la reproducción de este

ensayo a cualquier medio de comunicación social que se quiera

hacer eco de él.

Ayer, 13 de mayo de 2004 a las 11 de la noche, cuando me enteré que la “respetable” Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela había solicitado – sin duda alguna siguiendo las sagradas órdenes del lacayo de Castro – revocarme la ciudadanía venezolana, me vino a la mente aquella tarde, hace exactamente 38 años, 14 días, tres horas y unos cuantos minutos, cuando mis padres me anunciaron que era ciudadano venezolano, luego de 5 años de haber llegado a Venezuela buscando oxígeno de libertad.

No voy a negar que sentí una profunda tristeza, pues pensé – entonces - que estaba despojándome de la nacionalidad que había heredado de mis antepasados, algunos de los cuales entregaron la vida por la libertad de Cuba, tanto en la era colonial española, como en la colonial soviética. Es difícil para un niño de 16 años dejarlo todo atrás, llegar a una nueva patria donde comenzar de nuevo… y de cero, para añadirle a ese indescriptible y dramático trauma, la adquisición de una nueva ciudadanía. Esa noche me acosté llorando como en aquella otra de mi cumpleaños, el 23 de agosto de 1961, cuando apagué la luz de mis días felices en la Cuba que me dio la vida, para emprender un largo y tormentoso viaje en el destartalado y hacinado buque español, junto a mil y tantos cubanos más, llamado “Marqués de Comillas”, que abriría las puertas de una nueva y productiva vida en la tierra de grandes libertadores, donde sus habitantes vivían empapados de esa dignidad que solo puede encontrarse dentro de la democracia y de la libertad.

A medida que fueron pasando los años se fue alejando de mí el acento y los rasgos de aquel niño cubano que dejó su patria de la mano de sus padres. A los dos meses de ser venezolano, murió de leucemia en mis brazos mi primera noviecita, Lupita, la pavita (pepilla) más linda de la urbanización El Paraíso en Caracas, quien me honró con el primer beso de amor y compartió conmigo los sueños que injustamente truncó la muerte. Aprendí a bailar en los “guateques” que montábamos los muchachos en la parroquia San José, cercano al San Bernardino de mi adolescencia. Mi primer carro lo manejé por las anárquicas calles de nuestra ciudad capital… y el primer cigarrillo que me fumé (“Lido”, por cierto), lo hice en las escaleras del histórico Colegio América, hoy – lamentablemente - desaparecido.

Siguieron pasando los años y las vivencias en esta nueva tierra noble y generosa - donde hoy reposan los huesos de mis abuelos llegados de Cuba - hasta que me hice hombre, fundé un hogar y procreé cuatro hijos para abonar el suelo tricolor de la Venezuela libre que me lo había entregado todo. Llegó un momento en que se me hacía tremenda y dolorosamente difícil definir qué era más, si venezolano o cubano… opté por considerarme lo que verdaderamente soy: CUBANO-VENEZOLANO.

Aquí prosperó mi familia y todo, ABSOLUTAMENTE TODO lo que sacamos de este suelo, lo reinvertimos en él. Hoy no tengo nada material, pues la Finca Daktari, mi único y adorado patrimonio, junto a los enseres que en ella se encontraban, quedaron en manos de los esbirros del oprobioso, maléfico, satánico y demoníaco régimen que hoy intenta depredar y apropiarse de Venezuela. Una vez más, el mismo enemigo que nos despojó de nuestras propiedades en la Cuba de Castro, arremetió contra nuestros bienes en la tierra donde pensaba morir libre, sin tener otro dueño más que Dios, el Todopoderoso.

Pero lo que no saben estos nuevos esbirros y lacayos al servicio del CASTRO-COMUNISMO INTERNACIONAL en Venezuela, es que jamás podrán despojarme de mi dignidad y de los recuerdos vividos en mi tierra adoptiva y sobre todo, SOBRE TODO: borrar de mi corazón el orgullo de ser CUBANO-VENEZOLANO. El exilio me enseñó que todo lo que se deja atrás tiene solo la importancia del recuerdo; que no hay que llorar por nada que no pueda llorar por uno… y que lo más preciado en la vida es la patria… cuando ésta es libre.

No me arrepiento absolutamente de nada. Aún tomando en cuenta los circunstanciales fracasos a lo largo de esta larga, solitaria y ardua lucha por la libertad de mis dos patrias, si tendría que empezar de nuevo, con los mismos contratiempos y desgracias, no dudaría un solo segundo en hacerlo. Aquel hombre que no encuentre ninguna causa justa por la cual estaría dispuesto a morir, no podría encontrar razón alguna para seguir viviendo en paz con su conciencia.

Venezuela y Cuba volverán a ser libres y soberanas y con ellas lo seremos mi familia y yo. No importa cuantos decretos sean publicados en la Gaceta Oficial de esta nación que hoy mancillan propios y extraños al servicio de un aberrado régimen - que ha sembrado muerte y desgracia a lo largo y ancho del globo terráqueo - para revocarme la nacionalidad venezolana. Después de todo, se trata de letras muertas impresas en un perecedero papel barato. Nadie en este mundo podrá eliminar, por decreto, mis sentimientos patrios y mi irrevocable decisión de dar la vida, si fuese necesario, para que mis hijos sigan viviendo y terminen sus días en cualquiera de las dos más hermosas tierras que haya soñado El Señor: ¡Cuba y Venezuela!

Desde la clandestinidad, 15 de mayo de 2004

Robert Alonso

RobertAlonso@VenezuelaNet.org

www.robertalonso.com.ve

 

“La libertad no se mendiga: ¡Se obtiene con el filo del machete…!”

Antonio Maceo y Grajales

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