Ciudad Guayana en llamas
por Manuel Malaver
domingo, 25 septiembre 2005

Creo que por lo menos una exigua delegación de los analistas políticos y articulistas de opinión que acostumbran a vociferar y escribir que el pueblo venezolano está rendido y solo queda arrodillarse y rezarle al Señor para que Chávez no continúe imponiendo “su” revolución colectivista y totalitaria, debió estar presente en la descomunal protesta que las ciudades mineras de Puerto Ordaz y San Félix protagonizaron el martes pasado por la presencia en Ciudad Guayana del teniente coronel que entra en cólera si los pobres no permiten que sus necesidades sean usadas para que el sucesor de Fidel Castro continúe su farsa de “mesías” y “salvador de la humanidad”.
Insurrección popular que no tuvo nada de espontánea, puesto que fue convocada por el Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Siderúrgica y Similares, SUTISS (que agrupa 7 mil trabajadores), y que si merece destacarse por algo es porque fue mayoritariamente planificada y ejecutada por obreros y reveló, más que cualquier otro acontecimiento reciente, que la revolución chavista está huérfana del respaldo de la clase obrera organizada.
También inscrita en reivindicaciones eminentemente laborales y sociales, en derechos humanos referidos al respeto que deben tener todos los gobiernos por los compromisos que adquieren con los trabajadores, se llamen contratos colectivos o cláusulas contractuales, sobre todo si se trata de administraciones como la chavista, que funda su mandato en una Constitución que proclama en su Art. 2 que “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y Justicia”.
A 14 mil trabajadores siderúrgicos entre activos y jubilados les corresponde, en efecto, según el Acuerdo de Participación Laboral establecido en la Ley de Privatización de SIDOR de 1997, el 20 por ciento de las acciones de la más importante industria siderúrgica del país, acciones llamadas de “Clase B” ( las “A” son del Consorcio Amazonia, y las “C” del gobierno) y cuyos dividendos deben ser pagados de acuerdo a “los excedentes de caja” de la empresa.
Pero el gobierno socialista que preside la Venezuela “que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia y la responsabilidad social…”, viene mofándose, escamoteando y negándose a honrar el Acuerdo de Participación Laboral de la Ley del 97, ya sea desacreditándolo a través de sus procónsules en la zona, los comisarios Rangel, Álvarez, Lanz y Sequea, o forzando resoluciones como la que acaba de decidir el Contralor, Clodosvaldo Russián, calificando de “improcedente el pago de los dividendos, alegando que los accionistas no han terminado de realizar los depósitos correspondientes”.
“La determinación del ente contralor” escribió en “Reporte de la Economía” el periodista, Fernando Gil de Montes “se produjo después de haber sido entregados a los accionistas “Clase B”, 94 mil millones de bolívares por concepto de los excedentes de caja pagados por SIDOR a la CVG. Así mismo, se negó la entrega de 2.855.315 acciones que estaban pendientes para ser repartidas entre los trabajadores siderúrgicos y los nuevos accionistas”.
O sea, que peor violación de la ley no puede haber, ya que el líder máximo de la revolución mundial y sus sicarios laborales, no solo se niegan a acatar la ley, sino que además impiden que otros la acaten.
Y todo sin obviar el detalle de que no es la primera vez que la empresa matriz paga los dividendos, ni tampoco la única que desaparecen de entre las manos aceitosas de los procónsules, seguramente que sin tiempo para nimiedades, dadas las inmensas tareas que les impone la prédica del socialismo del siglo XXI entre los trabajadores guayaneses.
“Uno de los artífices de la corrupción es el general, Rangel Gómez, el actual gobernador de Bolívar y quien fue presidente de la CVG”, le declaraba a los medios regionales, Ramón Machuca, presidente del SUTISS “Nosotros denunciamos a Rangel de hechos de corrupción, y no estoy diciendo que se cogió los reales, pero sí que agarró un dinero y lo desvió a otros fines”.
¿Cuáles son esos otros “fines”? ¿Acaso la compra de los bonos de las deudas argentina y ecuatoriana, construcción de viviendas en el Caribe, reconstrucción de la infraestructura que destruyó el socialismo en Cuba, limpieza de los ríos del Bronx, Texas o Luisiana, o simples gastos de mantenimiento de las incontables naves aéreas, marítimas y terrestres en que los socialistas del siglo XXI exhiben su perfil de nueva casta opulenta, rentista y petrolera?
Porque no debe olvidarse que mientras Chávez y sus comisarios le niegan sus derechos a los trabajadores de SIDOR, el nuevo líder de la revolución mundial se gasta una fortuna en lobbies y propaganda demostrando que es el artífice de la resurrección del socialismo que colapsó después de 70 años de fracasos y frustraciones, pero que ahora regresa para quedarse, después que la providencia dispuso que el teniente coronel asumía la tarea en que fracasaron Lenin, Stalin, Mao y Castro.
Y tampoco que mientras semejante piñata se derrama por el mundo, el Estado Bolívar en general, y Ciudad Guayana en particular, crujen en el peor abandono, sin servicios públicos para la recolección de basura, cortes de luz eléctrica que pueden extenderse por días enteros, falta de agua persistente e irresoluble, deterioro de la otrora pujante infraestructura física, corrupción incontrolable y una situación de inseguridad que ha catapultado los índices delictivos hasta límites no conocidos hasta ahora.
Fue por todo eso que no más se supo que el “resucitador” llegaría a Ciudad Guayana el martes 20 de septiembre, Puerto Ordaz y San Félix se convirtieron en un hervidero, en un parque Cachamay social, con sus sindicatos, gremios y ciudadanos decididos a hacer sentir su protesta por los atropellos de que vienen siendo objeto de parte de los burócratas comisarios a quienes Chávez ordenó “hacer la revolución”.
Pero en ningún caso para impedir la presencia del jefe de Estado en la ciudad, sino más bien para requerirla en una asamblea popular, de esas que deben celebrarse en la democracia “participativa y protagónica”, y les explicara cómo era que la “revolución” le pisoteaba los derechos a los trabajadores de aquí, en Guayana, mientras en otras partes del territorio nacional ordenaba invadir latifundios, expropiar empresas agroindustriales y declararle la guerra al capitalismo y la propiedad privada.
Pero Chávez no quería saber nada de “democracia participativa y protagónica” según se le informó que desde la 6 de la mañana ríos humanos salían de San Félix, se unían a manifestantes que ya se encontraban en Puerto Ordaz y procedían a cerrar todas las vías de acceso, así como el paso al distribuidor de Alcasa, la avenida Guayana, la redoma de El Dorado, la intersección en el semáforo de Guaiparo y otras calles adyacentes.
Un auténtico alzamiento popular que hizo rodar al líder máximo por una pendiente de rabia, miedo, despecho y resentimiento, como que lo que le habían prometido los comisarios era un recibimiento “apoteósico”, con los obreros del sindicato patronal gobiernero, uno que llaman “Verdad Obrera Sindical” aclamándolo y las calles y avenidas preparadas para oír el decreto que leería declarando a Ciudad Guayana: “Capital del socialismo del siglo XXI”.
Ocasión en la que una vez más se trocaría en “historiador”, ofreciendo las pintorescas y risibles versiones de la historia que le prepara, cual bebedizo intragable, el general, Jacinto Pérez Arcay y el experto profesor Moncada y hablando hasta por los codos del fusilamiento de Piar, el padre José Félix Blanco y la batalla de San Félix y los padres capuchinos de las misiones, los dos primeros trasmutados de repente en precursores del socialismo del siglo XXI, y los últimos, inspiradores del cardenal Castillo Lara y de monseñor, Baltasar Porras.
Y ahí fue donde Chávez tuvo una de las peores ideas de su vida, como fue ordenarle al piloto del helicóptero que lo trasladó de Ciudad Bolívar, que diera varias vueltas sobre Puerto Ordaz y San Félix a fin de que los manifestantes se enteraran de la poca importancia que le prestaba a sus protestas.
Acto grotesco e irresponsable que en cuanto se supo tenía como protagonista al creador del socialismo del siglo XXI, provocó que le gritaran desde abajo toda clase de insultos, amenazas y abominaciones y se lanzaran contra la nave, piedras, tubos, palos y cabillas.
O sea, el caos, y el mejor emblema del actual drama venezolano, con un supuesto revolucionario que desprecia a los trabajadores y prefiere faltarles el respeto desde el ventanal de un helicóptero, en lugar de dar la cara, descender, escucharle sus reclamos y explicarle cómo es que manda a confiscar fundos y empresas de los capitalistas, mientras a los obreros ni siquiera se digna a recibirlos.
Muy por el contrario, Chávez enfiló hacia Guri, donde lejos del tumulto que lo perseguía con más furia que el salto La Llovizna, y rodeado de su cohorte de burócratas aduladores y regañados, se dedicó a inaugurar unas unidades hidroeléctricas y hacerse el loco ante el bochorno que los obreros de Ciudad Guayaba lo habían obligado a sufrir.
Más tarde, cuando le informaron que ya había disminuido la protesta, siempre en helicóptero, regresó a Puerto Ordaz, al auditorio de Venalum a firmar con la CVG el Acuerdo Marco de Promoción, Estímulo y Desarrollo de las Empresas de Producción Social, un auténtico mamotreto colectivista y autogestionario que empezó con 125 empresas de producción social que fueron premiadas con créditos por 33 millardos de bolívares.
Desde Venalum, por cierto, y en el mejor estilo de la CIA y el G-2 cubano, mandó a un grupo de agentes del anillo de seguridad presidencial a que se desplazaran con cámaras subrepticias por la ciudad para grabar a los manifestantes y así tener su propia versión de los sucesos.
Entretanto pronunciaba un encendido discurso condenando al latifundio, el capitalismo, el imperialismo, los Estados Unidos y se refirió con sorna a los obreros “que quieren vivir bien y parecerse a los ricos”.
Pero también ordenó que los líderes sindicales de la protesta (Machuca primero que ninguno) sean detenidos, enjuiciados y llevados a la cárcel, como en efecto lo están siendo.
Y que los comisarios Rangel, Álvarez, Lanz y Sequea, sean sacados de Guayana cuanto antes y a como de lugar.
“Otra vaina como esa no me la vuelven a echar esos carajos” dicen que comentó.


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