Tomado de ElNacional.com
Aparece el militarismo
Jorge Olavarría
El cuartelazo exitoso del 18 de octubre de 1945 es el punto a
partir del cual se introduce en el curso histórico venezolano un modelo
de militarismo de origen sureño, que hizo que la Fuerza Armada se transformara
del factor de poder que había sido desde el inicio del proceso de su
profesionalización en 1910, en árbitro de la política.
Ello también hizo del recurso del golpe de Estado militar el medio y
remedio de última instancia para cambiar un gobierno que se considere
dañino.
El carácter militarista de la década del 1948 a 1958 es un hecho:
todos los cambios de gobierno de estos años se hicieron en nombre y por
autoridad del Alto Mando Militar: 1) el golpe de Estado que derroca a Gallegos
y la formación de la Junta Militar de Gobierno, el 24 de noviembre de
1948; 2) el nombramiento de la Junta de Gobierno creada tras el asesinato de
Carlos Delgado Chalbaud el 14 noviembre 1950; 3) el golpe de Estado que en nombre
del Alto Mando Militar desconoció las elecciones del 30 de noviembre
de 1952 y nombró a Pérez Jiménez presidente provisional
el 2 de diciembre 1952; 4) la renuncia de Pérez Jiménez el 22
de enero de 1958 ante el Alto Mando Militar, que la aceptó y nombró
la Junta Militar de Gobierno presidida por el oficial de mayor antigüedad,
el vicealmirante Wolfgang Larrazábal, y formada por los coroneles Roberto
Casanova, Abel Romero Villate, Carlos Luis Araque y Pedro José Quevedo;
5) la modificación de esa efímera Junta Militar de un día,
de la cual salen los coroneles Casanova y Romero Villate y son reemplazados
por los civiles Eugenio Mendoza y Blas Lamberti; 6) la renuncia de Mendoza y
Lamberti el 19 mayo fue ante el Alto Mando Militar y su sustitución por
Arturo Sosa y Edgard Sanabria tuvo ese origen; 7) la aceptación de la
renuncia de Larrazábal, quien se lanzó como candidato, y el nombramiento
de Edgard Sanabria. Todo ello se hizo ante el Alto Mando Militar.
Las paradojas del 18 de octubre y la forma como se le ha historiado para justificar
lo injustificable han confundido por más de medio siglo la clara inteligencia
histórica del hecho. Ese día, mediante un cuartelazo sorpresivo
y sortario, un pequeño grupo de oficiales jóvenes de baja graduación
derrocó un gobierno prestigioso, liberal, progresista, civilista y democrático,
presidido por un militar que fue el primer oficial de carrera graduado en la
Academia Militar, quien ejerció la Presidencia entre 1941 y 1945 sin
atropellar, vejar, insultar, maltratar, apresar o exiliar a un solo venezolano.
La conspiración que llevó al golpe de Estado del 18 de octubre
de 1945 partió de un entendimiento entre 4 dirigentes de Acción
Democrática: Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Luis B. Prieto
y Gonzalo Barrios, y 13 miembros de la logia Unión Militar Patriótica,
fundada por el capitán Mario Vargas, y dirigida por el mayor Marcos Pérez
Jiménez.
La Unión Militar Patriótica había sido fundada por el capitán
Mario Vargas siguiendo el método conspirativo de células y la
mentalidad militarista de logias similares de Chile, Argentina y Perú.
Sus propósitos iniciales eran primordialmente militares, casi todos relativos
al sistema de ascensos y a las objeciones que a esto le hacían los oficiales
egresados de la Escuela Militar por la permanencia en las Fuerzas Armadas de
oficiales sin formación militar profesional, los bajos sueldos y el equipamiento
y entrenamiento de la FAN, que comparaban con otros ejércitos de América,
en especial Perú y Chile, considerados por ellos superiores. Esto se
encuentra en lo que antes del 18 de octubre escribió Marcos Pérez
Jiménez, el ideólogo de la Unión Militar Patriótica.
Antes del 18 de octubre de 1945, Acción Democrática había
sido derrotado estrepitosamente en las elecciones municipales de 1944 y, por
ello, tenía un solo diputado en el Congreso: Andrés Eloy Blanco
y un concejal en el Concejo Municipal de Caracas, Rómulo Betancourt.
Su presidente, Rómulo Gallegos, aprobó el pacto con Pérez
Jiménez para derrocar a Medina, de quien era amigo personal. El injustificable
derrocamiento de Medina malogró la autoridad moral de Gallegos para protestar
la duplicidad de la cual será víctima cuando sea derrocado por
esos mismos militares, el 24 de noviembre de 1948.
Nace el juntismo
El primer gobierno militarista de la historia de Venezuela fue
la Junta Revolucionaria de Gobierno creada en la noche del 19 de octubre de
1945 e integrada por cuatro civiles miembros de Acción Democrática
(Betancourt, Leoni, Barrios y Prieto), un independiente (Edmundo Fernández)
y dos militares: teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud y capitán Mario
Vargas, creador de la UMP, que era de vocación militarista. Comienza
así el fenómeno del "juntismo". En el siglo XX habrá
cuatro "juntas" de gobierno (1945, 1948, 1950 y 1958).
Pérez Jiménez, quien en la noche del 19 de octubre quedó
fuera de la junta por voluntad propia, ocupó la Jefatura del Estado Mayor,
cuya estructura fue modificada para modernizarla y crear el Estado Mayor General.
Allí, Pérez Jiménez sentará las bases y organizará
el golpe que tres años más tarde, el 24 de noviembre de 1948,
derrocará a Rómulo Gallegos, quien había sido elegido en
diciembre de 1947 con 76% de los votos.
Al gobierno "revolucionario" de 1945 se le llamó "cívico
militar", un eufemismo que pretendía disfrazar el hecho de que estaba
compuesto por fuerzas civiles y militares antagónicas.
La disparidad de la Junta Revolucionaria de Gobierno, en la cual había
dos militares y cinco civiles, uno de los cuales terciaba en su pecho la banda
presidencial captando para su persona toda la magia del cargo y la gloria de
la revolución victoriosa, no se conciliaba con el hecho de que el derrocamiento
de Medina había sido una iniciativa militar, un esfuerzo militar, ejecutado
por militares, que una vez logrado su objetivo, le entregaron el gobierno a
los civiles.
La dinámica de los hechos desatados el 18 de octubre y la índole
antagónica de las fuerzas actoras llevó a intentar integrar a
las Fuerzas Armadas con el "partido del pueblo", que había
llegado al poder de mano de los militares. La retórica los llama "Ejército
del Pueblo", "Pueblo en armas", etcétera, y a los militares
golpistas se les calificó de "patriotas" y "revolucionarios".
La dialéctica empleada para justificar el golpe al general Medina llevó
a la denigración de los gobiernos anteriores presididos por militares,
a los que se les descalificó con epítetos denigratorios como "chopo
'e piedra", "chácharos", etc. Para diferenciar a los militares
"revolucionarios" y "patriotas" de los anteriores, se desató
una feroz campaña de descrédito, se enjuició y condenó
mediante tribunales especiales a los generales López Contreras y Medina
Angarita, se expulsó de las Fuerzas Armadas a oficiales de alta calificación
profesional que no participaron en el golpe. Se hizo tomar parte a los militares
"revolucionarios" en las concentraciones políticas que se realizaron
entre 1946 y 1947. Se nombraron militares activos en cargos de la administración
civil y se recompensó con altos puestos a oficiales muy jóvenes
de baja graduación. La similitud con lo que se ha vivido en los últimos
años es evidente.
Entre 1946 y 1948 se organizaron tres elecciones, todas ganadas con abrumadora
mayoría por Acción Democrática: la Constituyente en 1946,
las presidenciales y el Congreso que elige a Gallegos en 1947 y las municipales
de 1948. La algarabía electorera, la demagogia sectaria y la agitación
estéril agotaron la paciencia de los venezolanos.
Cuando el 24 de noviembre de 1948 las Fuerzas Armadas tomaron el poder y expulsaron
de él a sus socios civiles, la mayoría se sintió aliviada
y aplaudió y nadie protestó. Los 300 mil obreros que se decía
estaban listos a defender el gobierno del pueblo no aparecieron. Los lideres
de URD y Copei, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, expresaron satisfacción
y justificaron el derrocamiento de Gallegos. La más elocuente justificación
del golpe fue el comunicado del Copei, redactado por Caldera. A partir de allí,
la Junta Militar disolvió el Congreso, los partidos, los sindicatos.
El primer gobierno militarista
Pérez Jiménez creó el primer gobierno auténticamente
militarista de la historia de Venezuela. La doctrina del "Nuevo Ideal Nacional",
difícil de comprender como todo compuesto fascistoide, tenía todos
los elementos y expresiones que les son características a la mentalidad
militarista: catecismo de heroicidades, simbología patriotera bolivariana,
nacionalismo aparente, desfiles militares como manifestaciones políticas,
desfiles de la "semana de la patria", denigración sistemática
de los partidos del partidismo y de los políticos, persecución
implacable de dirigentes políticos y sindicales hasta llegar a la tortura
y asesinato de varios de ellos y la creación de un régimen de
terror caracterizado por las arbitrariedades de la Seguridad Nacional, de las
cuales los militares no estaban eximidos.
A Pérez Jiménez lo favoreció la Guerra Fría, el
militarismo preexistente de Franco en España, y Trujillo y Perón
en América y los militarismos que le eran contemporáneos: como
el de Odría en Perú, Rojas Pinilla en Colombia, Stroesnner en
Paraguay y Batista en Cuba.
A comienzos de 1957, el gobierno militarista de Pérez Jiménez
parecía indestructible y firme. Su obra material era innegable y la prosperidad
una realidad. No había oposición. La "resistencia" es
un mito que se inventará más tarde. Apenas una carta pastoral
de monseñor Arias Blanco, arzobispo de Caracas, lo perturbó.
De acuerdo con la Constitución de 1953, Pérez Jiménez podía
ser reelegido, lo cual implicaba pluralidad de candidatos. Los dirigentes de
la oposición conversaban para pactar el lanzamiento un candidato único.
Por esta y otras razones, Pérez Jiménez anunció que no
habría elecciones sino "plebiscito", que se realizó
el 15 de diciembre de 1957.
El aparente triunfo de Pérez Jiménez en el plebiscito fue arrollador.
Quince días más tarde, en el último día del año,
estalló una conspiración organizada por el teniente coronel Hugo
Trejo y unos oficiales de la aviación. Esa es la maldición de
todos los gobiernos militares. La debilidad intrínseca de su posición
fuerte.
Los golpistas del 1° de enero de 1958 no lograron su propósito de
apresar a Pérez Jiménez. Pero el gobierno militar y militarista
que tan sólido parecía 15 días antes, estaba herido de
muerte. El 23 de enero, Pérez Jiménez renunció ante el
Alto Mando Militar y huyó del país. Allí concluyó
el primer intento de crear en Venezuela un régimen militarista; en 1999
Hugo Chávez puso en marcha el segundo, por otras vías, con otros
métodos y con propósitos distintos.
Cuando el gobierno de Pérez Jiménez colapsó en 1958 por
las acciones subversivas de los militares que lo desestabilizaron y que llevaron
a una rebelión popular generalizada incontrolable, se inició la
etapa más luminosa de las Fuerzas Armadas del siglo XX. Ésta llevó
a la formulación de la doctrina de la Fuerza Armada del Estado democrático.
La guerra olvidada
En marzo de 1961, dos meses después de haberse formulado
en el artículo 132 de la Constitución la doctrina de lo que deben
ser las Fuerzas Armadas de un Estado democrático, el III Congreso del
Partido Comunista de Venezuela aprobó una política de guerra armada
revolucionaria.
Un año antes, la separación del grupo marxista-leninista de Acción
Democrática dirigido por Domingo Alberto Rangel había creado el
MIR. A partir de allí los miembros del PCV y del MIR se dejaron encandilar
por lo que había sucedido en Cuba en 1959, y pensaron que ello era repetible
en Venezuela. Para ello, contaron con el apoyo material y político ofrecido
y pactado con Fidel Castro y la URSS. Para lograr sus propósitos, agentes
de ambos partidos realizaron una activa labor de penetración y persuasión
de las Fuerzas Armadas y lograron contagiar a varios oficiales con su manera
de pensar, en especial en la Marina.
La "lucha armada" se inició el 4 de mayo de 1961 en Carúpano,
cuando un batallón de Infantería de Marina fue llevado a sublevarse
por su comandante, el capitán de navío J. T. Molina Villegas con
la abierta y activa participación de los diputados Eloy Torres, del PCV,
y Simón Sáez Mérida, del MIR. Esa primera rebelión
comunista fracasó. A diferencia de la rebelión militar del 4 de
febrero de 1992, no desestabilizó al gobierno de Betancourt ni descuadernó
a las Fuerzas Armadas. Por el contrario, la "lucha armada" que allí
comenzó, fortaleció y unió a las Fuerzas Armadas en la
defensa del sistema democrático que acababa de iniciarse.
El segundo intento estalló un mes después en Puerto Cabello, cuando
otro batallón de la Infantería de Marina, al mando del capitán
de navío Manuel Ponte Rodríguez se alzó con la activa y
directa colaboración de -entre otros- los dirigentes del MIR Raúl
Lugo Rojas y del PCV Teodoro Petkoff. Ese alzamiento, tampoco desestabilizó
al gobierno de Betancourt ni socavó la moral del Ejército, pero
sí le costó la vida a más de 400 venezolanos.
Tras el fracaso de Carúpano y Puerto Cabello, el PCV y el MIR empezaron
a actuar cada uno por su cuenta, con guerrillas "urbanas" que ejecutaron
actos de terrorismo, secuestro y asesinato de policías y quema de fábricas.
Éstas tampoco desestabilizaron al gobierno de Betancourt y unieron todavía
más las Fuerzas Armadas. Éstas se adaptaron rápida y eficientemente,
de la organización de guerra convencional que tenían, a la que
la nueva situación requería.
En 1963 se fundaron las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN)
comunista, bajo la dirección de Pompeyo Márquez, y el Frente de
Liberación Nacional (FLN) del MIR, bajo la dirección de Domingo
Alberto Rangel.
El 28 de septiembre de 1963, el incidente del asalto al tren turístico
de El Encanto, en el que fueron masacrados cinco guardias nacionales y gravemente
heridos dos niños y ocho mujeres, produjo un estallido de indignación
nacional. En el clima creado por estos hechos, el presidente Betancourt decretó
la suspensión de las actividades legales del PCV y del MIR y ordenó
la detención por la justicia militar de Gustavo Machado, Jesús
Faría, Pompeyo Márquez, Domingo Alberto Rangel y Simón
Sáez Mérida, quienes actuaban amparados por su inmunidad parlamentaria.
El hecho fue que la cohesión de las Fuerzas Armadas, la mano firme de
Betancourt y la voluntad democrática del pueblo apagaron el fuego revolucionario
que la subversión comunista pretendía, sin éxito, encender.
El fin de la lucha armada
Así llegamos a las elecciones de 1963, las cuales fueron
la gran derrota de la tesis que sostenía la justicia, necesidad y viabilidad
de la lucha armada para instalar en Venezuela un régimen similar al que
se estaba instalando en Cuba. A partir de allí, la lucha armada maniobró
en retirada hasta que quedó totalmente extinguida.
La lucha armada duró 13 años. Muchos de sus actores se integraron
leal y sinceramente a la vida política democrática y con los años
alcanzaran posiciones de relevancia nacional. Pompeyo Márquez y Teodoro
Petkoff demostraron con sus escritos y obras una seria, sincera y constructiva
rectificación, mucho más allá de la simple enmienda; al
punto de que se adelantaron en sus críticas a lo que se consideraba la
ortodoxia marxista y que poco después fue seguida por las críticas
de Gorbachev, lo cual fue el preludio del desmoronamiento del bloque soviético.
En contraste, algunos marxistas recalcitrantes, como Douglas Bravo, entendieron
el momento como de repliegue táctico. Este grupo fue el que capturó
ideológicamente a Adán Chávez, estudiante de ingeniería
de la ULA, y a su hermano Hugo Chávez, antes de que ingresara a la Escuela
Militar. Las ideas marxistas del PRV, el partido de Douglas Bravo, fueron las
que movieron tras bastidores la rebelión militar de 1992. Los rebeldes,
en especial Hugo Chávez y Francisco Arias Cárdenas, se cuidaron
mucho de hacer conocer sus ideas. Por eso, muchos vimos en su rebeldía
lo que queríamos ver y no su realidad íntima.
Cuando la rebelión de 1992 fracasó, aunque logró un formidable
eco en la opinión, los que habían fracasado en la lucha armada
de los años 60 y quienes habían colaborado con ellos, como Luis
Miquilena y Guillermo García Ponce, vieron en el liderazgo popular de
los golpistas fracasados la gran oportunidad de hacerla suya y resucitar sus
ideas; esta vez por la vía del engaño y la trampa. Esos fueron
los que secuestraron el caudal electoral logrado por Hugo Chávez en 1998.
Sin salirnos del tema que nos ocupa, lo que ahora interesa recordar y destacar
es que la doctrina de lo que deben ser las Fuerzas Armadas de un Estado democrático,
formulada en el artículo 132 de la Constitución, pasó exitosamente
su primera y más dura prueba en la década de los 60.
Ni ayer ni hoy se podía decir verazmente que las Fuerzas Armadas que
exitosamente defendieron las instituciones democráticas en los 13 años
que duró el intento de importar a Venezuela la revolución cubana,
eran el brazo armado de Acción Democrática. El carácter
no deliberante y obediente de unas fuerzas armadas disciplinadamente sometidas
a la jefatura de un presidente democráticamente elegido, su vocación
primordial para la defensa nacional y la estabilidad de las instituciones democráticas
y su juramento de respetar la Constitución "por encima de cualquier
otra obligación" y la explícita declaración de que
las Fuerzas Armadas están al servicio de la República y no de
ninguna persona o parcialidad política, se probaron en los hechos. Hoy
nadie puede decir lo contrario sin mentir. Esto se olvidó porque no fue
reconocido así.
También se miente callando verdades que merecen ser dichas: la política
de "pacificación" implicaba la indulgencia de quienes habían
sido derrotados, esperando que su reinserción en la vida política
fuera de buena fe. Ello era un trago amargo para los paladares de quienes habían
puesto la sangre de sus heridos y la vida de sus muertos para derrotar la lucha
armada. Y sin embargo, tragaron. Y la reinsersión se produjo, en buena
hora.
Desgraciadamente, no se tuvo la decencia, la honestidad la entereza ideológica
ni la visión histórica para hacer de la victoria sobre la subversión
castrocomunista la columna vertebral de la ideología de institucionalidad
militar de lo que debe ser la fuerza armada de un Estado democrático.
Esta debía ser enseñada en la Escuela Militar a los cadetes. No
lo fue.
Hoy no se conoce el nombre de un solo oficial, de un solo soldado muerto defendiendo
la democracia. El sistema democrático de partidos, reinstalado en 1958,
cantó la heroicidad de sus muertos durante la década militarista
de 1948 a 1958, pero impidió que se reconociera la heroicidad de los
policías y los militares caídos en defensa en la década
de los 60.
Los gobiernos que siguieron resbalaron por la pendiente de la corrupción
y relegaron a la Fuerza Armada al papel de guardia pretoriana de sus desafueros.